martes, 20 de enero de 2009

OLVIDO

Todo parecía perfecto. Me esforzaba en hacer bien las cosas. Avanzaba, tenía planes, ilusiones, era feliz y, de golpe, me veo aquí, en este lugar, Olvido. No me gusta este sitio, no me puedo sentir yo mismo.No se puede decir que Olvido sea un pueblo feo, sus calles son sinuosas y sugerentes. Pero está siempre nublado. Las personas aquí son, además muy contradictorias: un día te ríen las gracias y al siguiente ni te saludan. Quizá su carácter sea así porque Olvido está rodeado de montañas que son difíciles de atravesar, sólo llega una carretera bastante mala y, durante siglos, Olvido ha estado prácticamente aislado. Mucha humedad. Tanta humedad que se mete en los huesos y te hace sentir enfermo cada día. El caso es que huele bien, pero es un olor tan evocador que hace sentir nostalgia de otros lugares más cálidos, más acogedores.

La realidad es que tenía un trabajo que hacer allí. Había llegado para aclarar un asunto y, en cuanto lo hiciera podría volver a mi vida. Estaban esperando a que hiciera lo que tenía que hacer. No conseguía dormir bien, cuando me tumbaba y cerraba los ojos, me atacaban los recuerdos, pensamientos. Empezaba una vorágine mental de imágenes que me quería decir: “estás pasando algo importante por alto”. Pero no lo veía. Cada mañana, al despertarme, por unos instantes quería creer que no estaba allí, que estaba todavía en mi casa, en mi cama, que nada había cambiado, que nada se había estropeado de esa manera. Pero estaba. Apenas entraba luz al descorrer las cortinas. Recuerdo un día que decidí ir a por leña para ver qué tal funcionaba esa chimenea, a ver si conseguía calentarme con algo. Me habían dejado una casa bastante sombría, a la salida del pueblo, en el llamado Camino de las Carboneras. De hecho había como un rastro de hollín en el camino que se perdía bosque adentro. No estaba asfaltado, así que era un barrizal. Avancé un poco por el camino con mis botas de barro y salí por un lado en dirección a un claro del bosque que parecía un buen sitio para encontrar ramas sueltas y otras que arrancar con facilidad, no tenía un hacha ni nada similar. Empecé a recoger ramas mojadas del suelo y empecé a notar un gran desasosiego. El cielo empezó a oscurecerse más. Una fina lluvia empezó a caer sesgada. Era una lluvia tan fría que me parecía que me hacía cortes en la cara. Seguí recogiendo ramas, dándome prisa para refugiarme cuanto antes. Encontré una rama buena que arrancar de un árbol. Al acercarme, me hundí en un barro profundo hasta casi las rodillas. La lluvia empezó a arreciar. De golpe la lluvia se tornó granizó y oí tronar. Me hacía daño no podía sacar los pies del barro. El granizo me golpeaba con fuerza y tuve que sacar los pies de las botas. Di un traspié descalzo sobre el barro y caí de bruces. Me puse a llorar desconsolado, tapándome la cabeza con los brazos, solo, ahí tirado, tapandome con los brazos como un apaleado, frío y sucio. Las ramas que había recogido quedaron desparramadas y mojadas entorno a mi. No me podía estar pasando esto a mi, tan lejos y aislado de todo lo que quiero, de todo lo que soy. En ese momento me acordé de mi madre, de lo triste que se pondría si me viera así, tirado en el barro. Eso me hizo sentir aun peor. Llegué a la oscura cueva que tenía por casa con leña mojada, lleno de barro y seguro que con algún moratón por el granizo. Seguía escuchando la lluvia sobre el tejado. Me quedé desnudo en el cuarto de baño. Tiritando. Recordando. Quería volver a casa. No quería pasar por eso. Pero para conseguir mi objetivo debía permanecer allí. Allí estaba la respuesta, en las caras tristes de los habitantes de Olvido, entre la suciedad que el agua arrastraba hacia abajo por las calles, en su olor hiriente, en las nubes que lo tapaban todo…(CONTINUARÁ)

LAS DOS ANCIANAS Y LA SIERRA DE GATA

Hace muchos años, cuando yo tenía unos veinte e iba a la universidad, atravesé por una fase en la que andaba dando bandazos, descentrado, sin saber bien qué quería, qué me divertía o qué esperaba de mí y de la vida. Al aproximarse la época de los exámenes, debía ser finales de Abril o principios de Mayo, decidí huir de las tentaciones de mi desordenado mundo y refugiarme un par de semanas en casa de mi abuela en el pueblo de mi padre, para estudiar y encontrarme a mi mismo. Y allí me fui, a Cilleros, al noroeste de la provincia de Cáceres, en el vértice entre Salamanca y Portugal, las estribaciones occidentales de la Sierra de Gata. Allí pase dos semanas en una casa de pueblo, con dos ancianas, mi abuela Marcelina y su cuñada de noventa y cuatro años, la temible tía Hilaria, que en paz descanse, que tanto miedo me daba de pequeño con ese rostro tan severo y toda vestida de negro, como mi abuela. Con ellas cenaba cada noche entorno a una mesa camilla bajo la cual había un brasero, cómo lo añoro. Tenían una gata que se quemó con el, así que mi abuela le hizo unos patucos de lana para las pezuñas heridas, e iba tan chula la gata. No hablábamos demasiado. Miraban la tele. Recuerdo un día que estaba un anuncio de crema antiarrugas, y miré a mi tía Hilaria, su rostro parecía la corteza de un árbol noble sobre la que habían esculpido el rostro de una antigua reina, lleno de surcos, con una mirada serena y fría que iba más allá de lo que mostraba la televisión: cremas anti tiempo, que utopía, que cobardía, qué pena.
Poco a poco fuimos aprendiendo a comunicarnos y, entonces me empezaron a hablar de lugares: La peña Irhal, una gruta en la montaña de la que no se había encontrado fondo y en la que había un tesoro escondido, Trevejo, Villamiel…y les propuse ir alguna tarde a hacer excursiones. Ante mi sorpresa, se ilusionaron mucho con la idea. Así que fuimos a esos sitios, y me contaron algunas historias, pero hoy no tengo tiempo de contarlas, así que…Continuará

martes, 13 de enero de 2009

El OTOÑO (CANDELARIO-LA ALBERCA)

El tiempo en que las hojas secas caen, dejando a los árboles desnudos. Al bosque se le caen las vestiduras y las sombras no tienen donde esconderse. Poco a poco las brumas humedecen la superficie, el suave manto de helechos. El frío limpia el polvo del verano. Todo queda expuesto, desnudo a los ojos. Y poco a poco se caen las viejas cargas. De pronto empezamos a ver con claridad a través de lo que fue espesura. Es una pequeña muerte que desemboca en el frío invierno donde, cubierto todo por el manto de hojas, se forman nuevas inquietudes en el alma. Nuevos deseos que florecerán el primer día de sol de primavera. Y la luz mostrará un nuevo camino, una nueva ilusión.
Mi sueño ha sido inquieto, pero mi alma encontró paz porque dejé salir el veneno que me corrompía, dejé que las hojas cayeran. Siento el frío de su ausencia, el vacío. Pero ahora, caídas las hojas, veo la realidad del mundo en el que vivía. Somos creadores de mundos y a veces no queremos separar nuestros deseos de lo que está pasando. Nos engañamos y cerramos los ojos viviendo sueños.
La realidad se mostrará cuando, sin miedo, todo lo que sobre, pase a través de mi, cuando deseche mi miedo, cuando deseche las dulces mentiras.
Y en otoño descubrí estos rincones:
Lo descubrí con Ella1, en un viaje de amores. Fue mi primer gran amor. Llegamos de noche a Candelario. Al alcanzar Béjar, una pequeña carretera se adentra montaña arriba. Conduciendo con cuidado por el hielo en el asfalto llegamos a las calles empedradas de Candelario que, de noche oculta mucho pero enseña se aroma a leña y la calidez de sus chimeneas. Dormimos en un viejo Hostal , el Hostal Cristi, con sus techos de madera y encanto de otra época más austera. Hacía frío, así que nos dimos calor entre las sábanas.
Por la mañana vimos como las montañas se levantaban impresionantes sobre las casas del pueblo. Olores a hierba mojada y a aire frío de las cimas blancas. Las calles del pueblo tienen unos canalillos o zanjas a un lado para que baje el agua de la sierra. Y hay fuentes, cada una con su nombre. Bebí de cada una que vi, un agua helada que deja los labios deseando un beso de calor.

Esta foto la hice yo, pero encontré fotos más chulas en:http://www.jorgetutor.com/spain/castillaleon/candelario/candelario.htm
Después de desayunar subimos a La Plataforma, subiendo por la montaña y más arriba, donde la vista es espectacular.Echamos una batallita de bolas de nieve.
Esos días con Ella1 pasaron, se acabaron. Pero volví a esos lugares…cuando el recuerdo ya no era doloroso.
La misma vista desde lo alto de la montaña, más arriba de La Plataforma pero esta vez con mis amigos Jose y Raúl. Hacía mucho frío, el día estaba nublado. Decidimos irnos a comer a algún lugar por descubrir.Perdernos un poco.Yo había oído hablar de La Alberca, que no estaba demasiado lejos según nuestro mapa. Para allá que nos fuimos. Jose conducía, yo iba de copiloto y Raúl se nos quedó dormido en el asiento de atrás del Ford Orión de Jose. Atravesamos las carreteras que van de Béjar a Miranda del Castañar , el primer punto de la ruta que trazamos. Recuerdo que íbamos escuchando un disco de Manic Street Preachers, “This is my truth”, creo.Perfecto ,canciones cálidas que empastaban con el paisaje y mi ánimo. El paisaje era místico, entre los tonos ocre, amarillo y verde de los campos por los castaños, los robles y las hayas, se levantaban brumas que seguro nos ocultaban a los seres mágicos que alimentaban mi imaginación. Empezaba a necesitar alimentar mi estómago. Hicimos una paradita en Miranda del Castañar. Bonito pueblo con un castillo en su plaza, en la cual aparcamos. Como hacía frio, decidimos tomarnos un vinito en un bar que había allí, en la plaza, en una esquina a la izquierda del castillo. ¡qué sorpresa! El bar parecía, desde fuera un sitio oscuro, pero al entrar, nos dimos cuenta que en la parte de atrás tenía una terraza desde la que se veía todo el valle :
La foto es de un viaje posterior, en la que estoy con mi amigo Hugo ¿qué será de él?.
De Miranda del Castañar fuimos dirección La Alberca, con la idea de comer allí. Pero al poco de salir de Miranda, al cruzar un puente sobre un río mi localizador de magia se encendió; me pareció ver un lugar interesante para comer así que paramos a verlo. Según se cruzaba el puente había una bajadita hacia el rio y allí una casita de cuento, que en realidad era un antiguo molino de agua reformado y hecho restaurante. El sitio nos encantó, junto al río, entre las brumas entre los árboles:

Por dentro, piedra, madera, cristal y una chimenea junto a la que nos sentamos. Nos dejaron ir alimentándola con la leña que allí tenían: El sitio tenía una magia que, además, el vinito iba acentuando. Nos pusieron un queso muy rico, una ensalada y cabrito cochifrito que estaba para morirse de rico. Tan agustito estábamos que nos echamos unas cartitas en la sobremesa, con unos cafés y unos licores. Nos atendían la hijas del jefe. Nos dejaron, incluso, poner una cinta con música que llevábamos. Cayó la noche fuera y preguntamos si tenían habitaciones para dormir: No, tuvimos que irnos, pero íbamos tan alegres...
Llegamos a la Alberca y fue como entrar en otra realidad. Las casas, las luces, parecía que habíamos hecho un viaje en el tiempo. Llegamos a la plaza y en una iglesia nos encontramos con una calabera , con velas a los lados, en un hueco en la pared con una reja. De pronto aparecieron personas con antorchas haciendo sonar una campana…¡en serio!.Es una tradición que se hace allí al caer la noche para ahuyentar las malas ánimas (bueno, nosotros no huímos…). Encontramos alojamiento. Barato. Nos metimos en un hostal, en la plaza, que era una casa del siglo XVI, regentado por una anciana que vestía con las típicas ropas negras de las abuelas antiguas. Nos contó algunas historias. Nos quedamos en la habitación, en la que hacía más frío que en la calle. No había calefacción, y nos recuerdo jungando allí al Risk, con los abrigos puestos, una botella de vino, fumeteo y echando vaho por la boca. Nos reímos mucho. Cada una de las camas estaba en una especie de hueco independiente, dentro de la habitación, con una cortinita. Al meterme en la cama estaba helada y escuché los gritos de frío de mis compañeros al meterse en sus frías sábanas…qué jóvenes y valientes éramos.
Al día siguiente subimos a la peña de Francia. No recuerdo más frío en mi vida, pero el lugar era espectacular, con un monasterio en lo alto. Volvimos a casa. Ese día comimos en Hervás , provincia de Cáceres, con un precioso barrio judío y paramos en Plasencia.
Cada otoño recuerdo esos lugares, esas brumas, esos olores y esos amores ya que, como dijo ella, mi “noche de bodas” con Ella2, mi segundo gran amor fue allí, en otoño, en Candelario. Y esa historia también pasó. No tuve ocasión de ir con mi tercer y, por ahora, último gran amor.
Es un viaje muy bonito, cerca de Madrid. Candelario está aunas dos horas y media.Ideal para fin de semana. Ahora toda esa zona es muy turística y, tanto Candelario como La Alberca tienen una gran oferta de alojamientos, algunos con mucho encanto, y restaurantes. Infinidad de rutas para hacer senderismo. Los embutidos locales son espectaculares.
Espero que nos veamos algún otoño por allí.