Todo parecía perfecto. Me esforzaba en hacer bien las cosas. Avanzaba, tenía planes, ilusiones, era feliz y, de golpe, me veo aquí, en este lugar, Olvido. No me gusta este sitio, no me puedo sentir yo mismo.No se puede decir que Olvido sea un pueblo feo, sus calles son sinuosas y sugerentes. Pero está siempre nublado. Las personas aquí son, además muy contradictorias: un día te ríen las gracias y al siguiente ni te saludan. Quizá su carácter sea así porque Olvido está rodeado de montañas que son difíciles de atravesar, sólo llega una carretera bastante mala y, durante siglos, Olvido ha estado prácticamente aislado. Mucha humedad. Tanta humedad que se mete en los huesos y te hace sentir enfermo cada día. El caso es que huele bien, pero es un olor tan evocador que hace sentir nostalgia de otros lugares más cálidos, más acogedores.
La realidad es que tenía un trabajo que hacer allí. Había llegado para aclarar un asunto y, en cuanto lo hiciera podría volver a mi vida. Estaban esperando a que hiciera lo que tenía que hacer. No conseguía dormir bien, cuando me tumbaba y cerraba los ojos, me atacaban los recuerdos, pensamientos. Empezaba una vorágine mental de imágenes que me quería decir: “estás pasando algo importante por alto”. Pero no lo veía. Cada mañana, al despertarme, por unos instantes quería creer que no estaba allí, que estaba todavía en mi casa, en mi cama, que nada había cambiado, que nada se había estropeado de esa manera. Pero estaba. Apenas entraba luz al descorrer las cortinas. Recuerdo un día que decidí ir a por leña para ver qué tal funcionaba esa chimenea, a ver si conseguía calentarme con algo. Me habían dejado una casa bastante sombría, a la salida del pueblo, en el llamado Camino de las Carboneras. De hecho había como un rastro de hollín en el camino que se perdía bosque adentro. No estaba asfaltado, así que era un barrizal. Avancé un poco por el camino con mis botas de barro y salí por un lado en dirección a un claro del bosque que parecía un buen sitio para encontrar ramas sueltas y otras que arrancar con facilidad, no tenía un hacha ni nada similar. Empecé a recoger ramas mojadas del suelo y empecé a notar un gran desasosiego. El cielo empezó a oscurecerse más. Una fina lluvia empezó a caer sesgada. Era una lluvia tan fría que me parecía que me hacía cortes en la cara. Seguí recogiendo ramas, dándome prisa para refugiarme cuanto antes. Encontré una rama buena que arrancar de un árbol. Al acercarme, me hundí en un barro profundo hasta casi las rodillas. La lluvia empezó a arreciar. De golpe la lluvia se tornó granizó y oí tronar. Me hacía daño no podía sacar los pies del barro. El granizo me golpeaba con fuerza y tuve que sacar los pies de las botas. Di un traspié descalzo sobre el barro y caí de bruces. Me puse a llorar desconsolado, tapándome la cabeza con los brazos, solo, ahí tirado, tapandome con los brazos como un apaleado, frío y sucio. Las ramas que había recogido quedaron desparramadas y mojadas entorno a mi. No me podía estar pasando esto a mi, tan lejos y aislado de todo lo que quiero, de todo lo que soy. En ese momento me acordé de mi madre, de lo triste que se pondría si me viera así, tirado en el barro. Eso me hizo sentir aun peor. Llegué a la oscura cueva que tenía por casa con leña mojada, lleno de barro y seguro que con algún moratón por el granizo. Seguía escuchando la lluvia sobre el tejado. Me quedé desnudo en el cuarto de baño. Tiritando. Recordando. Quería volver a casa. No quería pasar por eso. Pero para conseguir mi objetivo debía permanecer allí. Allí estaba la respuesta, en las caras tristes de los habitantes de Olvido, entre la suciedad que el agua arrastraba hacia abajo por las calles, en su olor hiriente, en las nubes que lo tapaban todo…(CONTINUARÁ)
La realidad es que tenía un trabajo que hacer allí. Había llegado para aclarar un asunto y, en cuanto lo hiciera podría volver a mi vida. Estaban esperando a que hiciera lo que tenía que hacer. No conseguía dormir bien, cuando me tumbaba y cerraba los ojos, me atacaban los recuerdos, pensamientos. Empezaba una vorágine mental de imágenes que me quería decir: “estás pasando algo importante por alto”. Pero no lo veía. Cada mañana, al despertarme, por unos instantes quería creer que no estaba allí, que estaba todavía en mi casa, en mi cama, que nada había cambiado, que nada se había estropeado de esa manera. Pero estaba. Apenas entraba luz al descorrer las cortinas. Recuerdo un día que decidí ir a por leña para ver qué tal funcionaba esa chimenea, a ver si conseguía calentarme con algo. Me habían dejado una casa bastante sombría, a la salida del pueblo, en el llamado Camino de las Carboneras. De hecho había como un rastro de hollín en el camino que se perdía bosque adentro. No estaba asfaltado, así que era un barrizal. Avancé un poco por el camino con mis botas de barro y salí por un lado en dirección a un claro del bosque que parecía un buen sitio para encontrar ramas sueltas y otras que arrancar con facilidad, no tenía un hacha ni nada similar. Empecé a recoger ramas mojadas del suelo y empecé a notar un gran desasosiego. El cielo empezó a oscurecerse más. Una fina lluvia empezó a caer sesgada. Era una lluvia tan fría que me parecía que me hacía cortes en la cara. Seguí recogiendo ramas, dándome prisa para refugiarme cuanto antes. Encontré una rama buena que arrancar de un árbol. Al acercarme, me hundí en un barro profundo hasta casi las rodillas. La lluvia empezó a arreciar. De golpe la lluvia se tornó granizó y oí tronar. Me hacía daño no podía sacar los pies del barro. El granizo me golpeaba con fuerza y tuve que sacar los pies de las botas. Di un traspié descalzo sobre el barro y caí de bruces. Me puse a llorar desconsolado, tapándome la cabeza con los brazos, solo, ahí tirado, tapandome con los brazos como un apaleado, frío y sucio. Las ramas que había recogido quedaron desparramadas y mojadas entorno a mi. No me podía estar pasando esto a mi, tan lejos y aislado de todo lo que quiero, de todo lo que soy. En ese momento me acordé de mi madre, de lo triste que se pondría si me viera así, tirado en el barro. Eso me hizo sentir aun peor. Llegué a la oscura cueva que tenía por casa con leña mojada, lleno de barro y seguro que con algún moratón por el granizo. Seguía escuchando la lluvia sobre el tejado. Me quedé desnudo en el cuarto de baño. Tiritando. Recordando. Quería volver a casa. No quería pasar por eso. Pero para conseguir mi objetivo debía permanecer allí. Allí estaba la respuesta, en las caras tristes de los habitantes de Olvido, entre la suciedad que el agua arrastraba hacia abajo por las calles, en su olor hiriente, en las nubes que lo tapaban todo…(CONTINUARÁ)
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