Hace muchos años, cuando yo tenía unos veinte e iba a la universidad, atravesé por una fase en la que andaba dando bandazos, descentrado, sin saber bien qué quería, qué me divertía o qué esperaba de mí y de la vida. Al aproximarse la época de los exámenes, debía ser finales de Abril o principios de Mayo, decidí huir de las tentaciones de mi desordenado mundo y refugiarme un par de semanas en casa de mi abuela en el pueblo de mi padre, para estudiar y encontrarme a mi mismo. Y allí me fui, a Cilleros, al noroeste de la provincia de Cáceres, en el vértice entre Salamanca y Portugal, las estribaciones occidentales de la Sierra de Gata. Allí pase dos semanas en una casa de pueblo, con dos ancianas, mi abuela Marcelina y su cuñada de noventa y cuatro años, la temible tía Hilaria, que en paz descanse, que tanto miedo me daba de pequeño con ese rostro tan severo y toda vestida de negro, como mi abuela. Con ellas cenaba cada noche entorno a una mesa camilla bajo la cual había un brasero, cómo lo añoro. Tenían una gata que se quemó con el, así que mi abuela le hizo unos patucos de lana para las pezuñas heridas, e iba tan chula la gata. No hablábamos demasiado. Miraban la tele. Recuerdo un día que estaba un anuncio de crema antiarrugas, y miré a mi tía Hilaria, su rostro parecía la corteza de un árbol noble sobre la que habían esculpido el rostro de una antigua reina, lleno de surcos, con una mirada serena y fría que iba más allá de lo que mostraba la televisión: cremas anti tiempo, que utopía, que cobardía, qué pena.
Poco a poco fuimos aprendiendo a comunicarnos y, entonces me empezaron a hablar de lugares: La peña Irhal, una gruta en la montaña de la que no se había encontrado fondo y en la que había un tesoro escondido, Trevejo, Villamiel…y les propuse ir alguna tarde a hacer excursiones. Ante mi sorpresa, se ilusionaron mucho con la idea. Así que fuimos a esos sitios, y me contaron algunas historias, pero hoy no tengo tiempo de contarlas, así que…Continuará
Poco a poco fuimos aprendiendo a comunicarnos y, entonces me empezaron a hablar de lugares: La peña Irhal, una gruta en la montaña de la que no se había encontrado fondo y en la que había un tesoro escondido, Trevejo, Villamiel…y les propuse ir alguna tarde a hacer excursiones. Ante mi sorpresa, se ilusionaron mucho con la idea. Así que fuimos a esos sitios, y me contaron algunas historias, pero hoy no tengo tiempo de contarlas, así que…Continuará
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